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En Julio de 2005, en Córdoba, y con motivo
de una visita a un centro de reciclado, realizada por los participantes
en los TAC de aquel verano, encontré a Límbica.
En realidad no sé si la encontré yo o fue
ella quién me encontró a mí. El caso es que, junto con otros muñecos
que había recogido de un contenedor, estaba en poder de una
compañera. Cuando reparé en su presencia, tuve la impresión de que
también me miraba. Su mirada, entre irónica y perversa, era como una
silenciosa llamada de auxilio: ¡Sácame de aquí!
Pregunté a mi colega si pensaba quedársela
y negó con la cabeza. Así que la cogí, rescatándola de aquel limbo de
objetos y materiales desechados. Limbo que sirvió para bautizarla y
donde, con toda seguridad, le habrían sacado los ojos, arrancado el
pelo, separado los miembros y la cabeza de su cuerpo textil, para,
convenientemente recalentada y prensada, transformarse en un taco o
bola de látex, materia prima para futuros productos nuevos. Por un
momento me hice a la idea de que, sin mi intervención, tal vez habría
vuelto a ser otra vez muñeca. La imaginé flamante, moderna, bien
vestida y hermosa, despertando el deseo de todas las niñas desde su
pedestal preferente en el escaparate de la mejor juguetería. Este
pensamiento me hizo titubear momentáneamente, pero enseguida le supuse
otro destino: fragmentarse en unas cuantas docenas de condones que, tras
tan fulgurantes como breves actuaciones, recorrerían las alcantarillas
de cualquier ciudad, rellenos de semen putrefacto y con un nudo en la
boca, para acabar hechos trizas en una depuradora, eternamente anclados
en cualquier recodo de las conducciones o, con un poco de suerte, en el
mar... |

Límbica con zapatos rojos. |
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En
2005, en Córdoba, actuando de Demonio o Ángel, según conviniera. |
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Pero nuestra
colaboración no quedó ahí. Mas tarde, durante mi estancia en la
Complutense de Madrid, volvió a aparecer en diversos apuntes y
trabajos y también formando parte de los personajes de mi serie
“Transfiguraciones”, haciendo de Ecce Homo, como mi
padre y como yo misma.
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Limby, acompañándome
en mi particular calvario. |
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Por la misma época, entre otras cosas,
formó parte de un montaje realizado en el Colegio Mayor, una especie de exorcismo visual, en el que participó
tanto personalmente como con alguna de sus representaciones plásticas. Una instalación algo macabra, primera y
probablemente última de mi carrera, ya que nunca estuve segura de haber pensado y construido una obra de arte o
una decoración para el tren de los escobazos. Pero a ella no le
importó...
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Y, para colmo, ¡A oscuras! |
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Finalmente, estos últimos meses en
Sevilla, se prestó amablemente para ser utilizada en un ejercicio de
vaciado. En este proceso hubo que cortarle el pelo, viéndose obligada a
permanecer aguantando la respiración durante las largas sesiones que
fueron necesarias para hacer el molde. Nunca, nunca protestó,
nunca mostró un gesto de fastidio ni salió de sus labios la más mínima
queja, bien al contrario, ante cualquier sacrificio, siempre sacó a
relucir la mejor de sus sonrisas. |
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A lo largo de estos casi ochocientos días
de convivencia, hemos adoptado comportamientos y costumbres de gran
similitud y empieza a ser notorio un cierto parecido físico. A estas
alturas, empieza a preocuparme que se haya producido una especie de
fusión, un cortocircuito de identidades. ¿Estaré sufriendo algún
trastorno de la personalidad? |
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¿Soy yo quien escribe esto?
¿Lo escribe la muñeca creyendo que soy yo?
No lo sé… pero…
es inquietante… ¿o no? |
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Verónica
Bueno 2007 |
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